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Desconecta para conectar

Desconecta para conectar

Y por un instante, se detuvo.

Tomó aire.

Y recordó

que una vez fue niño/a.

Que descubrió montañas.

Que se bañó en el mar,

saltando las olas.

Que la luna le vio jugar.

Que el sol doró su piel.

Y que no necesitaba wifi

para todas las cosas importantes de la vida,

como para los abrazos,

como para sonreír.

La vida es un juego de máscaras

La vida es un juego de máscaras

La vida es un juego de máscaras.

Y tú, ¿a quién juegas ser?

En una sociedad dónde los cánones están impuestos desde arriba, parece impensable salirse del patrón y no encajar a la fuerza en unos de ellos. Nos etiquetaron, sí, llevas marcada la frente, aunque no te pares a mirarte. Eres la hija que intenta satisfacer las expectativas de la familia, aunque ello conlleve traicionar tus instintos. Eres el trabajador que agacha la cabeza mientras tolera otra injusticia. Eres esa persona que finge una sonrisa para no afrontar la realidad. Eres la pareja que mira hacia otra parte para no reconocer la infelicidad. Eres la persona sentada en el sillón quejándose de tiempos mejores. Eres la lesbiana que se escusa con bisexualidad para complacer oídos y el gay que finge interés por las tetas. Eres el más hombre blasfemando sobre la falda de una mujer. Eres el fanático que le grita a la tele. Eres el machito del grupo insultando al más débil, o el compañero que sonríe con tal de no ser blanco de diana. Eres la mujer que critica a otra mujer por recelo. Eres quien mira de reojo a los inmigrantes porque en la tele dijeron que eran el enemigo. Eres la persona que se esconde tras una bandera, del color que sea.

Eres la persona que se pone una máscara al salir por la puerta de casa, para encajar en ese rol asignado, porque es mucho más fácil ser la hija dócil, el trabajador sumiso, el que no da problemas, la que no lleva la contraria y siempre sonríe, el fanático. Es más fácil echarle la culpa a otro, ser la pareja perfecta, no desentonar en la sociedad, ser el líder del grupo, la que mira por encima del hombro, el que en vez de razonar prefiere ajustarse a un discurso.

Es más fácil cumplir un rol que afrontar la realidad, quitarte la máscara y destapar tus verdaderos anhelos, mostrarte al mundo tal cual eres y desnudar tus ojos. Es más fácil encajar que romper el molde. Es más fácil ser una marioneta que ser valiente.

 

Fotografía: Carnaval de Berna, Suiza – Noelia Hernandiz

El aroma de la inspiración

El aroma de la inspiración

Si la inspiración tiene un aroma, debe ser a café. No cualquier café, claro, sino de los buenos, de esos que con el primer sorbo te remueven el paladar y te encienden las ideas.

La creación de mi novela está llena de olores a café, de horas frente al ordenador, de ilusión, de leer y releer, de incertidumbre y una canción, pero eso ya te lo contaré más adelante… Ahora, que cuento los minutos para que este gran reto en forma de libro cobre vida, sigo acompañado mis momentos con buen café, y cómo no, de buena compañía con quien compartirlo. 

Sobre el todo y el nada

Sobre el todo y el nada

Dime que no soy la única que vive entre el todo y el nada.

Dime que a ti también te pasa y respiraré más tranquila.

Yo hay días que me levanto con todas las ganas, que salto de la cama y canto mientras preparo el desayuno, que pienso en lo que tengo que hacer durante el día y sonrío, que me pongo las zapatillas y salgo a correr, que disfruto invirtiendo dos horas en hacer una receta super rica y saludable, que parece que hasta me apetece limpiar la casa, que si te descuidas paro y limpio el coche también, que me pongo a escribir y me faltan hojas, que me quito los marrones de un plumazo y me siento más ligera, que canto las canciones de la radio aunque no me las sepa…

Y otros días que las sábanas me boicotean y se me enredan traicioneras, que me preparo el café con un ojo cerrado todavía, que como alguien cante le gruño, que podría dormirme encima de la mesa del trabajo, que si pienso en salir a correr me da un tirón en el gemelo, que sólo de pensar en hacer la cena me flaquean las piernas y me como cualquier cosa de la nevera con tal de no manchar una sartén…

Y así van mis días, entre el todo y el nada, y si busco el equilibrio me tropiezo, y que digo yo que no pasa nada si hoy no tengo ganas… Mañana lo arreglo todo.

Castillos en el aire

Castillos en el aire

No importaban las veces que se los había llevado el aire. Ella se sentaba en la arena y con paciencia e ilusión los volvía a construir.

Levantaba cada torre y cada muro con el entusiasmo de la primera vez, soñaba con que un día la estructura sería tan fuerte que resistiría las envestidas y duraría para siempre, tal como lo hacía en su imaginación. Ella soñaba… Pero sus sueños se los llevaba el viento también.

Cada derrumbe provocaba un suspiro de tristeza en su corazón. Se preguntaba en qué se había equivocado. Llevaba mucho tiempo intentándolo, demasiados intentos quizás, aunque nunca son demasiados hasta que consigues tu propósito… Cada caída desgastaba su ánimo, pero se mantenía firme, creía en su idea. Y con sus manos volvía a juntar montoncitos de arena y empezaba de nuevo, a construir con ilusión. Y el brillo encendía sus ojos una vez más, en ocasiones durante un tiempo, otras veces tan solo duraba unos instantes… Y el viento se lo llevaba de nuevo.

Ella creía en el amor verdadero. Y no iba a dejar que la desconfianza se apoderase de sus entrañas, por muchos desengaños que hubiese sufrido. Por muchas falsas esperanzas, por muchas palabras vacías y promesas de mentira que su piel hubiese saboreado. Amargos desenlaces. Dolor. Decepción… Y vuelta a empezar.

Pero ella creía firmemente en el amor verdadero, y no quería cambiar. Sabía que era una ilusa por seguir confiando su corazón una y otra vez, por creer las palabras que siempre resultaban ser solo eso; palabras. Ella seguía creyendo que cuando alguien dice que va a hacer una cosa, es que la va a hacer. Por muchas veces que le hubiesen demostrado lo contrario. Y es que ella sabía que el día que apareciese el amor de su vida, la querría como es. Ilusa y confiada. Entregada al amor, sin miedo. Y ella sería sincera y consecuente, sin miedo también.

Una tarde, mientras reunía montoncitos de arena una vez más, un corazón libre, de ojos brillantes y alegres se sentó a su lado. La miró con curiosidad unos segundos, hipnotizada. Y sin mediar palabra se puso a juntar arena también. Se cruzó una sonrisa de complicidad.

Y allí se quedaron, construyendo juntas castillos en el aire.