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Salía de la habitación cada dos minutos. No parecía hacer nada en particular, quizá buscaba algo, o esperaba impaciente la llegada de una visita, puede que tan solo estuviese nerviosa, pero lo cierto es que llevaba horas entrando y saliendo de la habitación.

Miraba por la ventana, abría cajones, escuchaba los mensajes del contestador, rebuscaba en la nevera… ningún indicio de sus intenciones.

Solo se escuchaba la puerta abrirse y cerrarse, el resto de la casa parecía mantener un expectante silencio. Incluso el canario en su pequeña jaula mostraba una actitud extrañamente sigilosa.

La mujer, de unos 60 años de edad y con un aspecto algo descuidado, andaba por los pasillos sumida en sus pensamientos. Era martes, el día de la brisca en la cafetería de Marga, no obstante, ella aun no había salido de casa. Se dedicaba a ir de un sitio para otro, como si fuese a encontrar algo en cualquier momento. Finalmente, se sentó en la silla de mimbre junto a la mesa del salón, apoyó los codos sobre ella y reclinó la cabeza en sus manos. Mantuvo esta postura largo rato, pensativa. Parecía intentar descifrar el enigma mejor guardado de todos los tiempos. Se la veía frustrada.

Más tarde supe que era lo que rondaba por la cabeza de aquella señora.

No lograba recordar su nombre.

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