Seleccionar página
Castillos en el aire

Castillos en el aire

No importaban las veces que se los había llevado el aire. Ella se sentaba en la arena y con paciencia e ilusión los volvía a construir.

Levantaba cada torre y cada muro con el entusiasmo de la primera vez, soñaba con que un día la estructura sería tan fuerte que resistiría las envestidas y duraría para siempre, tal como lo hacía en su imaginación. Ella soñaba… Pero sus sueños se los llevaba el viento también.

Cada derrumbe provocaba un suspiro de tristeza en su corazón. Se preguntaba en qué se había equivocado. Llevaba mucho tiempo intentándolo, demasiados intentos quizás, aunque nunca son demasiados hasta que consigues tu propósito… Cada caída desgastaba su ánimo, pero se mantenía firme, creía en su idea. Y con sus manos volvía a juntar montoncitos de arena y empezaba de nuevo, a construir con ilusión. Y el brillo encendía sus ojos una vez más, en ocasiones durante un tiempo, otras veces tan solo duraba unos instantes… Y el viento se lo llevaba de nuevo.

Ella creía en el amor verdadero. Y no iba a dejar que la desconfianza se apoderase de sus entrañas, por muchos desengaños que hubiese sufrido. Por muchas falsas esperanzas, por muchas palabras vacías y promesas de mentira que su piel hubiese saboreado. Amargos desenlaces. Dolor. Decepción… Y vuelta a empezar.

Pero ella creía firmemente en el amor verdadero, y no quería cambiar. Sabía que era una ilusa por seguir confiando su corazón una y otra vez, por creer las palabras que siempre resultaban ser solo eso; palabras. Ella seguía creyendo que cuando alguien dice que va a hacer una cosa, es que la va a hacer. Por muchas veces que le hubiesen demostrado lo contrario. Y es que ella sabía que el día que apareciese el amor de su vida, la querría como es. Ilusa y confiada. Entregada al amor, sin miedo. Y ella sería sincera y consecuente, sin miedo también.

Una tarde, mientras reunía montoncitos de arena una vez más, un corazón libre, de ojos brillantes y alegres se sentó a su lado. La miró con curiosidad unos segundos, hipnotizada. Y sin mediar palabra se puso a juntar arena también. Se cruzó una sonrisa de complicidad.

Y allí se quedaron, construyendo juntas castillos en el aire.